domingo, 10 de mayo de 2026

VALLEJO Y ULISES

 


En el complejo sistema de relacionalidades que constituye el Archipiélago Vallejo, existen gestos que han sido leídos históricamente como meras anécdotas, pero que bajo la luz del Pensamiento Simétrico se revelan como sofisticadas maniobras de protección. La declaración de Vallejo al periodista español César González-Ruano, publicada en El Heraldo de Madrid el 27 de enero de 1931, es elocuente al respecto. Ante la pregunta inevitable —¿qué quiere decir Trilce?—, el poeta responde con una clausura absoluta: “Ah pues Trilce no quiere decir nada. No encontraba, en mi afán, ninguna palabra con dignidad de título y entonces la inventé: Trilce. ¿No es una palabra hermosa? Pues ya no lo pensé más: Trilce”.

Esta respuesta no es una evasiva baladí, sino la ejecución de lo que podemos llamar la Trampa de la Identidad. Al igual que Ulises ante el cíclope Polifemo se nombra como “Nadie” (Outis) para volverse inatrapable, Vallejo despoja a su libro de la tiranía del referente. Al afirmar que Trilce “no quiere decir nada”, el poeta lo libera de la lógica ilustrada y del compromiso de legibilidad que el París de los años 30 le exigía. Esta versión es corroborada por el testimonio de Georgette Vallejo, quien relata cómo, ante la misma interrogante, el poeta optó por la materialidad del sonido: pronunció sencillamente “Tttrrriiiil… ce”, con una vibración tan musical que forzaba a comprender desde lo sensorial. “Por su sonoridad…”, añadió, haciendo que la palabra flotara como un objeto sagrado e inasible.

Sin embargo, esta protección del taller interno se complementa con otra maniobra: la máscara de la legibilidad política. En el París de finales de los 20, la presión por el realismo socialista y el compromiso militante era asfixiante. En ese contexto, anunciar que se preparaba un poemario titulado «Instituto Central del Trabajo» fue una astuta “salida diplomática”. Al darle al entorno lo que quería oír —un título de resonancias colectivas y burocráticas—, Vallejo construía un muro de visibilidad para resguardar su verdadera producción. Decir que uno escribe sobre el “Instituto” es la forma perfecta de ocultar que, en realidad, se está trabajando en la “zozobra” de los Poemas humanos.

Este es el Pudor de la Simetría. Vallejo prefiere que lo vean como un “Nadie”, como un inventor de palabras hermosas o como un poeta “social” enredado en proyectos institucionales, antes que explicar la compleja cosmogonía del Inkarrí o la simetría de los arrecifes que latía en su obra inédita. Admitir ese “vacío” de conexión orgánica con el paisaje europeo habría sido mostrar una vulnerabilidad inaceptable ante Occidente.

La máscara del Instituto Central del Trabajo y la vibración pura de Trilce son las dos caras de una misma soberanía. Una le sirve para lidiar con la polis; la otra, para preservar el misterio del mitimae. Vallejo nos enseñó que la verdadera vanguardia exige saber cuándo ser “Nadie” para que la poesía —esa que no precisa escribirse porque ya está en el hueso— pueda seguir vibrando en libertad.

© Pedro Granados, 2026


viernes, 8 de mayo de 2026

ZURITA O LA MONUMENTALIDAD DEL VACÍO

 


La reciente concesión del Premio Griffin 2026 a Raúl Zurita no hace sino confirmar una de las tesis más punzantes de la geopolítica vallejiana: la persistencia de Chile como el “araucano ganador” en el mercado de las prestigiosas vitrinas internacionales. Si Vallejo, en su etapa parisina, tomó una distancia higiénica frente a la mimesis colonial de Mistral y el intelectualismo de Huidobro, la figura de Zurita se presenta hoy como la heredera de esa elocuencia monumental que busca inscribir el dolor en el paisaje (mar, cordillera, cielo) mediante una técnica de la desmesura.

Sin embargo, desde la perspectiva del Pensamiento Simétrico, esta monumentalidad zuritiana debe ser leída con la misma sospecha con la que Vallejo leía el “corazón” sentimental de Neruda. Mientras Zurita expande el yo poético hasta confundirlo con la geografía de la nación vencedora, Vallejo operaba desde la Escisión y el fragmento óseo. Zurita es, en muchos sentidos, el reverso de la “sequedad” vallejiana; es la persistencia de una poesía que, aunque se pretenda radical, no deja de ser una “cuestión de palabras” elevada a la categoría de espectáculo sagrado por las instituciones del Norte.

En mi texto Rompe Saragüey, ya advertíamos sobre las trampas de estas consagraciones que operan como “limpias” espirituales para el sistema. Zurita, al igual que los intelectuales que Vallejo rechazaba en Favorables París Poema, ofrece a Europa y al mundo anglosajón una versión de América que es “legible” en su desmesura. Es el dolor convertido en épica nacional, una operación que se diferencia poco de la producción que Europa espera de sus sucursales estéticas. Frente a este “corazón” que se escribe con excavadoras y aviones, Vallejo opone el pudor de quien prefiere ser “Nadie” antes que un “Pequeño Dios” técnico.

El triunfo de Zurita en el Griffin 2026 es el triunfo del latinoamericano que ha sabido negociar su dolor con el canon global. Vallejo, por el contrario, mantuvo su aduana editorial cerrada a los nombres rutilantes para proteger una sensibilidad que no se deja comprar por la “inteligencia” del mercado. Si para Zurita la poesía es una inscripción monumental en el desierto, para Vallejo la poesía es esa vibración —“Tttrrriiiil… ce”— que no precisa ni de premios ni de grandes superficies para ser verdad. Vallejo sigue siendo el mitimae que, desde su silencio óseo, nos recuerda que el verdadero prestigio no está en los galardones del “país ganador”, sino en la capacidad de resistir como un hueso que, incluso bajo el peso de todos los premios del mundo, se niega a ser triturado por la elocuencia. P.G.


http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2026/05/08/zurita-o-la-monumentalidad-del-vacio/#more-21154