viernes, 8 de mayo de 2026

ZURITA O LA MONUMENTALIDAD DEL VACÍO

 


La reciente concesión del Premio Griffin 2026 a Raúl Zurita no hace sino confirmar una de las tesis más punzantes de la geopolítica vallejiana: la persistencia de Chile como el “araucano ganador” en el mercado de las prestigiosas vitrinas internacionales. Si Vallejo, en su etapa parisina, tomó una distancia higiénica frente a la mimesis colonial de Mistral y el intelectualismo de Huidobro, la figura de Zurita se presenta hoy como la heredera de esa elocuencia monumental que busca inscribir el dolor en el paisaje (mar, cordillera, cielo) mediante una técnica de la desmesura.

Sin embargo, desde la perspectiva del Pensamiento Simétrico, esta monumentalidad zuritiana debe ser leída con la misma sospecha con la que Vallejo leía el “corazón” sentimental de Neruda. Mientras Zurita expande el yo poético hasta confundirlo con la geografía de la nación vencedora, Vallejo operaba desde la Escisión y el fragmento óseo. Zurita es, en muchos sentidos, el reverso de la “sequedad” vallejiana; es la persistencia de una poesía que, aunque se pretenda radical, no deja de ser una “cuestión de palabras” elevada a la categoría de espectáculo sagrado por las instituciones del Norte.

En mi texto Rompe Saragüey, ya advertíamos sobre las trampas de estas consagraciones que operan como “limpias” espirituales para el sistema. Zurita, al igual que los intelectuales que Vallejo rechazaba en Favorables París Poema, ofrece a Europa y al mundo anglosajón una versión de América que es “legible” en su desmesura. Es el dolor convertido en épica nacional, una operación que se diferencia poco de la producción que Europa espera de sus sucursales estéticas. Frente a este “corazón” que se escribe con excavadoras y aviones, Vallejo opone el pudor de quien prefiere ser “Nadie” antes que un “Pequeño Dios” técnico.

El triunfo de Zurita en el Griffin 2026 es el triunfo del latinoamericano que ha sabido negociar su dolor con el canon global. Vallejo, por el contrario, mantuvo su aduana editorial cerrada a los nombres rutilantes para proteger una sensibilidad que no se deja comprar por la “inteligencia” del mercado. Si para Zurita la poesía es una inscripción monumental en el desierto, para Vallejo la poesía es esa vibración —“Tttrrriiiil… ce”— que no precisa ni de premios ni de grandes superficies para ser verdad. Vallejo sigue siendo el mitimae que, desde su silencio óseo, nos recuerda que el verdadero prestigio no está en los galardones del “país ganador”, sino en la capacidad de resistir como un hueso que, incluso bajo el peso de todos los premios del mundo, se niega a ser triturado por la elocuencia. P.G.


http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2026/05/08/zurita-o-la-monumentalidad-del-vacio/#more-21154